jueves, 21 de mayo de 2015

VI (V)


A veces sentían pasar los días.

Como una cuestión extraña, a veces se levantaban y se iban a mirar desde la terraza, en dirección a la gran Avenida, y sentían.

A veces se levantaban y antes de ducharse se encendían un cigarro, mientras observaban a los cotidianos de la calle de enfrente, compartiendo acera con los camiones de reparto.

Bostezaban los sueños frotándose las lágrimas. Notaban el viento de la mañana, el quejido del asfalto, las farolas que se apagan con la luz, los reflejos de andamios en sus ojos.

Notaban los fogones encenderse, el agua hirviendo, el salitre en los dedos.

Los pies descalzos, desnudos.

Se lavaban los dientes, el cuerpo.

Y escupían recuerdos mezclados con sangre.







lunes, 18 de mayo de 2015

VII (IV)



A lo largo de los lustros que pasaron entre ellos, siempre hubo momentos extraños no identificados.

Se cruzaban sin buscarse, y aún a veces se encontraban y no se daban cuenta de que estaban frente a frente. Ella, allá, se encontraba con él a diario cuando fumaba, en las pausas del medio día que les otorgaban los capataces a modo de indulto temporal.  Él, a su vez, la tenía escondida a su lado en la etapa que existe, pero que no tiene nombre, entre los días de primavera y verano, cuando Abril le presta un poco de lluvia a Mayo, y éste le devuelve días de sol. Protoprimavera o protoverano, lo mismo da.

Para él, hubo algunas calles, bares o plazas impregnadas con la memoria como si fuera un espeso alquitrán. Sin embargo, cuando ya contaban un año, el peso era menor. Solo a veces se daba cuenta de dónde estaba, y la mesa donde desayunaba se transformaba en la mesa donde desayunaba solo.

Ella jugaba con la ventaja de lo desconocido, sin embargo los detalles que se colgaron de su maleta, las cartas, notas, agendas y almanaques de bolsillo, guardadas entre mil papeles, a veces surgían entre el ruido de la nueva vida. Y aquella casa en la que vivía, se tornaba la casa donde vivía lejos, en la que vivía a medias.

Al cabo de un año continuaban leyéndose en los adoquines y papeles que se avejentaban por momentos, cada vez más ensombrecidos y amarillos. Como les fui contando a ustedes [¿Quiénes son ustedes?], se fueron arropando, o enterrando, dejando entrar de vez en cuando algún pedazo de memoria  con el contrabando. Olvidándose cada vez más, o quizás recordándose cada vez menos.




"El futuro se llama ayer"
Pedro Salinas


jueves, 30 de abril de 2015

VIII (III)



El tiempo es un cómplice con intereses añadidos, y con cada día que ganaban, iban acumulándolos en la memoria, cada vez más adormecida. Dirigiendo, a las cloacas de la historia, todo lo vivido.

A ella le sorprendió la rapidez con la que todo se tiñe de esperas, de cómo las ilusiones se tornan rápidamente en vientos que van y vienen, doblando los tallos del deseo. Le sorprendió la rapidez con la que la tristeza se va transformando en una pasta de horas, resonando como un eco lejano en la rutina.

Cuando ya habían pasado un mes separados, el reloj se convirtió en un vigilante cruel de la tranquilidad y la adaptación que iban sintiendo a los nuevos ritmos que dictaba el frío.

Él, por su parte, con los días y las primeras semanas, fue notando como se iban cubriendo las quemaduras que la piel de aquella le habían dejado en la yema de los dedos.

Fue convirtiéndose para ellos, con las cartas y las relecturas, el presente en pasado. Y fueron cerrando sin querer la puerta al reencuentro, al entenderse poco a poco más deslocalizados y tambaleantes.

Y las bocas se fueron acostumbrando al sabor cenizo que dejan las melancolías y las nostalgias por todo lo que no sucedió jamás.

Y sin embargo, a veces llovía lo suficiente como para que de las cloacas afloraran los restos de la historia, de todo lo vivido, recordándoles levemente, que aunque no quisieran, el olvido era tan improbable como la vuelta al pasado.



"Cuerpo a tierra, luz y gas
hambre para la nevera."

Quique González

miércoles, 22 de abril de 2015

IX (II)

Cuando se separaron, terminaron al fin por convertir en latente lo palpable, separándoles algo más que un puente aéreo.

Pasaron diez años, pero al principio, lo más doloroso fueron los días. Las primeras horas transcurrieron como una cruel inmersión en paisajes enrarecidos. De pronto, lo de siempre fue nuevo y lo nuevo incompleto, parábolas erróneas donde antes se avistaban las curvas y el vértigo.

Para ella, la llegada al lugar que estaba más allá de la frontera fue un descubrimiento desagradable. Las calles, la lengua, los edificios... Toda aquella nueva realidad se presentó de golpe, convirtiéndola en (in)migrante. Las primeras horas y días se sintió como un cristal en la patria del acero.

Para él, que quedó o mejor dicho, restó aquí, las primeras horas fueron una espera tensa. Se encontraba aún aferrado a lugares y horas concretas de la memoria. Se repetía constantemente que las cosas no podían haber sido así antes, tan solitaria la barra del bar, tan vacías las mesas de las cafeterías o los peldaños de todas las escaleras. Sintió el éxodo como un ataque inesperado, directo al presente. Todo pasó a valer la mitad, volviendo a su lejana unidad, sin vértigo ni curvas.

Y sin embargo, poco a poco, ella empezó a encajar todos los golpes que le lanzó la patria del acero, con sus calles, su lengua, sus edificios o sus calles. Terminó por domesticarse y encontrar restos de calor y refugio en las migajas del frío.

Él tardó algo más que ella, pero empezó a asimilar que la solitaria barra del bar le confería cierta y agradecida soledad, así como la intimidad que supuraba la memoria y sus llagas en las sillas libres de las cafeterías o los peldaños de todas las escaleras.

Pasaron así los primeros días, descolocados y perdidos, hasta que las semanas empezaron a adherirse a su cansancio, y allá donde habían existido proyectos para la utopía, surgieron tristes letanías, cartas menguantes y trenes con retraso.











lunes, 20 de abril de 2015

X (I)

Una noche ella le anunció que volvería al día siguiente.

Los primeros meses que había pasado fuera habían sido como un olvido paulatino, lento, diluyendo poco a poco lo que echaba de menos. Se le fueron desgastando los recuerdos, y la memoria se descompuso poco a poco.

Al principio, él escribía y ella respondía. La bienvenida del extranjero, de lo extraño, fue seca y confusa. Poco a poco, las correspondencias se fueron espaciando. El extranjero se fue haciendo un amante más manejable.

Para él, el recuerdo y la memoria se convirtieron en un exilio estático y silencioso.

Con el tiempo, las nuevas cartas pasaron a ser más sorpresivas y menos esperadas, como telegramas convertidos directamente en acuses de recibo, o informes de oficina con algún matiz oculto o imaginado.

Se volvieron selectivos y caprichosos. Y él terminó por recordar cosas concretas de ella, algún café esporádico, y quizás alguna mirada o abrazo que, con el tiempo, tuvo que reconstruir con más esfuerzo. Ella, por su parte, fue sepultando los restos de ellos poco a poco, kilómetro a kilómetro.    

Se abandonaron y no volvieron a escribir, se dejaron fluir, sin dejar de desear que la derrota les obligara a volver sobre sus pasos en algún momento.





"Puedes ver arder
la carretera bajo tus pies
con tal de regresar" 

Quique González


jueves, 2 de abril de 2015

Asimetrías y raíces

Había llegado puntual y con varios años de retraso. Ella habla mientras Martínez escucha, la ve mover los ojos, sin apartar la mirada de cada movimiento de mano o expresión en las comisuras, como asegurándose esa realidad. Sin embargo, Martínez sostiene que no la escucha como al resto. Sostiene Martínez que él la escucha con todo el cuerpo, ojos suaves y piel atenta.
Martínez no sabe si lo soñó o lo vivió, aunque para él, sostiene, ambas dimensiones se distinguen en pocas cosas. Sostiene en cualquier caso, que se encontraba hermosa como siempre, más canosa quizás, o más plateada en general.
Habla y sostiene que cuando se encuentran hablan de muchas cosas en poco tiempo. Sobre la larga distancia entre la primavera y el invierno, las espinas de abril o el frío de mayo. Y explica cómo hablaban sin hablar del tiempo y las estaciones o sobre cómo la vida continúa en cualquier lugar, y sin ellos en todas partes.
Continúa Martínez acerca de las asimetrías. Sobre los desniveles de unos y otros, la imposibilidad del azar, las idas y venidas y las improbables (que no imposibles) coincidencias.

Habla, antes de irse, de cómo sigue la vida (su vida, apunta), entre rutina y novedad, con las raíces de aquella, clavadas en la memoria.


El futuro se llama ayer.

Pedro Salinas

sábado, 11 de octubre de 2014

Lost in Translation después de la Dolce Vita

Un día silencioso y frío, en un octubre cualquiera, Martínez se encontraba solo, sentado sobre unas escaleras de piedra. Uno de esos días que es mejor hablar solo, en silencio.

"Uno se piensa que ...", esa frase construida con el desajuste de la temeridad, uno nunca llega a pensarse sin pensar primero.
Y es que a sus minutos, vaciados, les caben muchas preguntas que no tienen respuesta y muchos cigarros sin encender. 
A veces en Octubre no pasa nada, piensa Martínez recordando a González, a veces incluso no pasa nada en Noviembre ni en Diciembre, y Septiembre no deja más que una sensación de epílogo con una mueca torcida.
Uno piensa en capitales extranjeras, en Alexanderplatz, Karl Marx Allee, la violentada Postdamerplatz, ... Y uno se fija en que también hace frío, y es entonces cuando se da cuenta de que Sabina se equivoca, y al arrabal no le faltaban los grillos, sino la primavera. 
Martínez no está mal, tampoco está bien, y eso es lo que le vuelve loco, nadie le saca esa melancolía por el odio y el amor, por la guerra sin sangre, ...  Martínez está, simplemente está.
Se acuerda de la Dolce Vita, y de cómo se la imaginaba, como un canto a la vida, siendo en realidad  un canto a la muerte, al sentimiento de perdición, a no saber dónde dirigir el siguiente paso o la siguiente palabra. Una película sobre el no saber qué hacer con las manos. Martínez se siente como Marcelo, se ve reflejado irremediablemente en él, y trata de escapar, pero no sabe hacia dónde carajo tiene que correr.

Y finalmente se encuentra sobre sí mismo, sin sosiego, con una asquerosa y pegajosa sensación de normalidad, de letanía en el minutero. Se ve, después de Marcelo, como un triste Bill Murray, insomne y aburrido, sentado sobre una cama en un hotel de Tokyo. Y entonces Martínez se gira, me mira y ordena:

-Sobre mí, no escribas más.