miércoles, 7 de junio de 2017

Desescribir

03:13 a.m. 

Entro en un supermercado buscando algo de comer. Son extraordinarios. A esta hora, los supermercados 24h lucen como un páramo inhóspito. Las estanterías aún están medio vacías, y una suerte de Legión menguada de reponedores, que cuestionan su suerte con los ojos, deambula de un lado para otro.
Aún me acuerdo del humo, atravesado de luz, que salía a primera hora de la mañana de un cenicero que coronaba una de las papeleras de Madrid. Un humo denso, solitario, de un cigarrillo industrial mal apagado que me saludaba desde la otra orilla de un paso de peatones.
Una cajera con ojeras, pensamientos lejanos y una luz de fluorescente que quema la piel y embrutece los ojos, me cobra un sandwich plastificado.

El estanquero me negó los sellos hace meses.

Te desescribo.

Comidas preparadas.
Ya no sé escribirte.
El whisky me arde, latido en vena.

lunes, 31 de octubre de 2016

Manchas de tinta azul


-Y aquí el personaje se da cuenta de que la quiere- dijo mientras apartaba sus manos del papel y las llevaba a la cerveza.
Mientras él bebe, ella se fija en las manchas de sus dedos.
-Pero es raro, ¿cómo lo va a saber ella?
Ahora él fuma y la mira. Pierde el habla un momento. Interroga con la mirada.
-Quiero decir. Si siempre han estado con ideas opuestas y sus ideas son antiguas...
Mientras, él pedía que no le entendiera, solo que se emocionara.
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"Una vez se habían encontrado en un paso de peatones. Se habían reconocido, pero se saludaron como dos extraños. Ella había visto la tierra y él las velas que anunciaban el casco de los galeones."
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Las posiciones son contrarias pero las ideas son antiguas.
Los dedos seguían manchados de tinta.
Sacó un cigarro y lo encendió.
"Ahí es cuando él se da cuenta de que la quiere."
"¿Y ella lo sabe?"
"Eso da igual."
"No puede dar igual."
Ella mira entonces los anillos de sus dedos, reales e imaginados. Fuma.
"Da igual en ese momento, porque lo sabe de antes. Han pasado años y está más viejo. Ella lo sabe." se reafirma.
A pesar de la cerveza sus gestos son seguros.
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-¿Y si ella hubiera muerto?
-Solo preguntas tonterías. La cuestión es que la quiere. No importa si no se entiende- afirma-. Él la quiere, y ella le mira los dedos manchados de tinta. Y tras años sin fumar, de repente, le apetece un cigarrillo.
Ella entiende que tiene que quererle y le mira, con sus dedos manchados de tinta azul, sus cañas vacías y su cigarro a punto de consumirse.



lunes, 21 de diciembre de 2015

Retales



Si nos separan unos pocos metros de acero y asfalto. Adoquines levantados.
Si mis ojos no resisten los cabellos que golpean.
Si se me funden los sentidos en un crisol y enloquece el invierno.
Si se deshace el hambre, la sed y el tiempo.
Si fluye la música entre los barrotes de papel.
Si nunca darse a la fuga fue tan fácil.
Qué le voy a hacer.

Dos aguijones me trillan el pecho.

Se me queman los pulmones y me arden las venas en el whisky de quererte tanto.


domingo, 29 de noviembre de 2015

Domingo



Amaneció la tarde, terminó de escribir y lo envió a publicaciones.

La noche volvía temprano y él salió a comprar cigarrillos.
 
Fue por la Plaza de la Luna y entró en la Calle Desengaño, donde le silbaron al tiempo que él sonreía nervioso y pasaba de largo con el corazón entristecido.

En un paso de peatones de Gran Vía empezó a desconocerse.
 
La estanquera de los domingos le vio y él solo tuvo que entonar, no sin algo de resignación, un “Lo de siempre” con un subtexto que la mujer no era capaz de imaginar.

Deshizo el camino y le pareció que iba pisando algo que se le había caído al cruzar el asfalto en el viaje de ida.

A la vuelta sintió que sus pasos se volvían pegajosos por la Calle Desengaño, esta vez sin silbidos porque la policía andaba cerca.

Llegó a casa y encendió un cigarrillo. 

Seguía siendo temprano y la noche ya era cerrada.

De pronto algo faltaba en lo que había escrito y enviado a publicaciones. 

Le dio vueltas sin lograr encontrar cuáles eran las palabras extraviadas.

Cuando se durmió, ya era lunes.

Había vuelto a fracasar.






domingo, 27 de septiembre de 2015

El medallista etílico



Samuel Olivera entró en el bar donde se fraguó su juventud.

Era un lugar al que los años habían ido aplastando poco a poco. Le recibió una barra metálica y mesas de conglomerado hinchado. El tiempo se escapaba por una grieta de la pared del fondo desde la que los años parecían saludar con alevosía. Había un espejo sobre una parte de la grieta que seguramente tuvo el objetivo de ocultarla en sus inicios, pero la fractura se había abierto paso reclamando su terreno, y para colmo el espejo estaba demasiado sucio como para decir nada a nadie.

Olivera se sentó en un taburete de la barra. El camarero, Luís alias “Noctámbulo”, interrogó al intruso con la mirada. Samuel Olivera saludó y preguntó si lo recordaba.

-No, la verdad es que no me acuerdo de ti. No me acuerdo de casi nada.

 -Y de Tomás, Julia y Elena ¿Tampoco?- preguntó Olivera.

“Noctámbulo” negó con la cabeza.

-Yo solo conozco a Wolf y al sueco.

Luis señaló una esquina del local, había un hombre fornido, entrado en carnes y años, solo. Sus ojos parecían vagar por otro lugar mientras sostenía una cerveza a la que daba tragos cortos.

-Ese es Wolf Honecker, pentamedallista olímpico en salto de pértiga y jabalina. Ahora se dedica a beber todo lo que cae entre sus manos, su pensión paga mis facturas como quien dice. Su mujer murió y su país desapareció, no me diga que no es terrible. Desaparece el amor y sus medallas se convierten en reliquias sin peregrinos.

-¿De dónde es?

-Fue... de dónde fue- matizó Luís-. De un país alemán, creo.

Wolf Honecker trataba de atisbar algún horizonte en el fondo de su vaso. El alemán bebió en silencio, levantando la cabeza de vez en cuando mientras escuchaba la narración de su nuevo podio etílico. Después del relato, el alemán movió su cabeza en dirección a Olivera, pero sus ojos seguían en otro sitio, muy lejos de allí. 

Olivera echó un ojo a su alrededor y se detuvo finalmente en el espejo, que le negó todo.